Repensar el modelo industrial

Por . Conductor de Café de Negocios de lunes a viernes a las 17 hs. por Radio Light F.M. 97.3MHz.

Fuente: http://www.diarioclave.com/economia-y-finanzas/2016/07/2739/

Si Cambiemos tuviese que escoger a su empleado del mes sería una ardua tarea. No le resultaría nada sencillo seleccionar quién le ha sido más funcional para soslayar sus controvertidas reformas económicas: si Moreno y el desvarío de su acting con la olla vacía, D`Elía con su delirante recitar poético al mejor estilo de las loas del antiguo Egipto o Bonafini derrapando en su comparación de Macri con Hitler. Nunca el macrismo se imaginó le propinarían un regalo tan generoso como caído del cielo, tan luego en el peor momento económico de su gestión.

Este extraño fenómeno de kirchnerismo macrista, desorientado y servil al oficialismo oficia cual bálsamo de sanación para un Gobierno que comenzó con claros aciertos y se fue a la banquina a la hora del tarifazo. Nada más oxigenante para la previa al ingreso de dólares del blanqueo, que observar a la ciudadanía asistiendo con asombro a tal concierto de yihadistas K, a veces desopilante, pero siempre generador de vergüenza ajena y hasta cierta compasión, combinados con aquel indigerible recuerdo de algo que no fue, pero que estuvo cerca de ser: que el modelo que pregonaban éstos apóstoles terminara por venezualizar la economía argentina.

El volantazo se pegó justo a tiempo, pero aún nada indica que estamos siquiera algo mejor. Pareciera que la coyuntura muestra lo contrario, a juzgar por la desesperación de la gente en el supermercado. A veces inclusive comienza a dilucidarse cierto discurso coyuntural nostálgico en la opinión pública que genera una retrospectiva del tipo "con Menem estábamos mejor”.

Es imposible desentenderse de este malestar popular, cuando se ha afectado severamente el bolsillo de la clase media, aquella financista histórica de toda crisis local. Por caso, el reflejo de las tasas aún altas del central en el crédito de la banca pública. Increíblemente, y a contramano de la tradicional política de crédito blando que históricamente tuvo el Nación como mecanismo de fijación de una tasa de referencia y presión a la baja de sus competidores, el banco nacional de la era Melconian ha perfeccionado el tipo de interés más alto del mercado para créditos, un espeluznante 47%, cuyo costo financiero total redunda en la friolera de 72%.

Este es un muy serio problema de partida doble. Por un lado están aquellas familias de clase media sobre-endeudadas con la fiesta del consumo K cuyo coctel incluía un tipo de cambio planchado y un virtual subsidio a los viajes en el exterior. Aquí sí se vuelve inevitable el parangón con el menemismo de los viajes a Miami. Estas familias con la soga al cuello por los resúmenes de sus tarjetas, buscan oxígeno en la financiación del Banco Nación, que luce siempre disponible, y terminan en la desesperación de la refinanciación metiéndose en una encerrona cuasi usuraria.

En otro orden, cabe preguntarse si esta deuda es sostenible y no supone un riesgo sistémico de morosidad para el sistema financiero. Habrá que seguir de cerca esta variable. Especialmente porque una clase media con asfixia crediticia deviene en una caída del consumo, ese santo grial que se desea fogonear para propiciar una reactivación.

Es que el Gobierno en su metodología ensayo-error habría reparado en que no será posible de la noche a la mañana virar desde un crecimiento basado en el consumo de la población hacia un crecimiento centrado en la inversión extranjera directa y las exportaciones, en una economía netamente mercado-internista, cuyo PBI es en más de un 70% explicado por el mercado interno.

El boceto del modelo anterior pretendía un círculo virtuoso de estimulación al consumo interno para generar demanda agregada que fomentara inversiones y crecimiento de la matriz productiva local para abastecerla. El caso es que los números no cerraban: dólar-dependencia de la industria local sumada a una gestión hostil al capital y repelente de inversiones fueron los palos en la rueda.

Ahora el Gobierno de la lluvia de inversiones que de momento fue poco más que rocío de medianoche, puso sobre la mesa la carta del blanqueo y para la dulce espera sacó leyes que vuelvan a poner plata en la calle, para que el malestar no apriete ni la impaciencia afloje.

Es axiomático que mantener durante mucho tiempo ociosa la capacidad industrial instalada deviene en suspensiones de personal que arrojan nafta al fuego. Pero de nuevo, como si la ultra división ministerial de las decisiones económicas incidiese en gestiones descarriladas entre sí, durante la semana se dio curso a la apertura de las importaciones chinas puerta a puerta, suponiendo competencia desleal a precio de dumping contra esa industria que se pretende cuidar, con diferencias de precios del 30% al 80%, impuestos incluidos, en artículos electrónicos, textiles y bazar, todos con su correlato en la producción local. Un informe de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa de esta semana mostró cuán alarmante resulta esta situación para los industriales locales, y también para el comercio, puenteado gracias al servicio PaP.

Este mismo informe advierte sobre la altísima presión tributaria, que en el precio final de un producto textil de marca vendido en un centro comercial, significa más del 20% del valor. Se entiende: el Gobierno utiliza a los fantasmales vientos de la importación con el objeto de enviar una señal anti-inflacionaria al mercado: cuiden los precios, o abrimos la canilla e inundamos de oferta internacional la plaza. También aprovecha para equilibrar el tipo de cambio, en un escenario de transición entre tasas altas que promueven el ingreso de capital golondrina y un blanqueo prometedor, cuyas expectativas son tan altas que en la city ya hablan de una suerte de “mega-exteriorización” de unos US$ 50.000 millones.

Empero, así no se puede planificar nada. Es comprensible que haya que ecualizar las perillas de las variables económicas luego de un gobierno que destruyó el mercado en una nociva mezcla de corrupción, sobre-intervencionismo inútil e incompetencia. Pero si toda la vida se conducirán los destinos económicos con este nivel de vacilación, jamás se podrá planificar un modelo industrial.

De una buena vez hay que sentarse a decidir y definir qué lugar queremos ocupar en las cadenas globales de valor, y programar medidas y objetivos claros, pacto político y social incluido, que trasciendan los gobiernos y los periodos de gobierno para lograr posicionarnos en ése sitio. No hay mucho más que tres opciones: competir con China y no morir en el intento, para lo cual se requiere una reforma tributaria sincera que baje el costo fiscal; cerrarnos al ingreso de mercancías foráneas y someternos a las ya conocidas sanciones comerciales para nuestros productos; o repensar y reconvertir nuestra matriz productiva al agregado de valor en aquellos nichos de negocio en los que somos nativamente competitivos. Esto es, la agroindustria, energía, minería, alimentos, exportación de servicios e intangibles, industrias creativas y desarrollo de software.

El debate ha de darse a la brevedad, despojado de demagogias. Apremian el tiempo y las oportunidades perdidas.

Escuchá online o descargá en MP3 en tu celular, tablet o PC el podcast de ésta columna en el programa “Café de Negocios” por Radio Light F.M. 97.3MHz.

https://ar.ivoox.com/es/player_ej_12416551_4_1.html?c1=ff6600

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