Es tiempo de desmantelar la sobre-estructura estatal

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Por Juan Marcos Tripolone. Conductor de Café de Negocios de lunes a viernes a las 17 hs. por Radio Light F.M. 97.3MHz. Twitter: @JuanTripolone

“Necesitamos un estado presente”, rezan a coro todos aquellos que de alguna manera beben de la teta del estado. Teta que, por su gigantesco tamaño y por el carácter insaciable de sus comensales, extermina día a día a la iniciativa privada, asfixiando a propios y ahuyentando a ajenos, aquellos a quienes hoy suplicamos que regresen y coloquen su combustible para mover los engranajes de este vetusto elefante  de metal: los inversores extranjeros.

Los mentores de aquel “estado presente”, son aquellos que lo han dilapidado en su credibilidad, a través de un saqueo infame y de una inseguridad jurídica bestial, que eliminó el único mecanismo verdadero de creación de riqueza: la canalización del capital en el agregado de valor e innovación.
Mientras el sobrepeso del estado oprime a la economía y comprime a emprendedores e inversores, la contraprestación en servicios ha sido cada vez peor. Más gasto en salud, educación y seguridad, financiado con más impuestos (inflación incluida), han redundado en una cada vez más deteriorada prestación de dichos bienes y servicios públicos.

Aquel mentado “Estado presente”, parece haberse encontrado más ausente que nunca. Bien presente para recaudar, ausente para solucionar problemas. Allí ha estado, ávido para encontrar y encerrar para sí nuevos rehenes del sistema subvencional, que propinen voto por política.
Todo parecería indicar que el grueso de esta recaudación, cuyo peso aumentó 10 puntos solamente durante la delirante “década ganada”, fue a parar a los bolsillos de los poderosos. Poco y nada al aumento del bienestar y la calidad de vida de la sociedad. Hoy en día, el 35% de todo lo que se produce, va a parar a un estado insaciable, ineficiente, anquilosado y deficitario: parte de la llamada “pesada herencia” del nefasto populismo.

Pero existe otro sobrecosto argentino a sortear por parte de las inversiones que se intentaron atraer durante la reciente cumbre bautizada localmente como “Davosito”. Costo que gradualmente destruye las producciones regionales y el turismo, y con ellas el empleo local. Hablamos de la logística y transporte. Y la mayor incidencia dentro de este problema, es la impuesta por la corporación sindical.

Un ejemplo de esto se vio durante la semana que pasó, en lo que respecta al transporte de pasajeros. Muchos argentinos se vieron perjudicados en sus vuelos, sólo por el capricho del gremio de pilotos, que brega por un aumento del 40% en sus haberes, los cuales llegan en algunos casos a los $240.000 mensuales, sueldos que percibe un porcentaje extremadamente pequeño de la población. En pocas palabras, esta semana el país entero fue rehén de trabajadores ricos.

Ya por el lejano 2012, una auditoría realizada por la AGN en el sector, contabilizó unos 1.365 pilotos con un salario promedio de US$ 10.087, equivalentes a $151.305 aproximadamente al tipo de cambio actual. He aquí parte del problema que día a día hace de nuestra economía una estructura más lenta, pesada e incompetente: una patota sindical cuyos dirigentes gordos mantienen de rehén al resto de la flaca economía, devorándolo todo a su paso en beneficio propio.

La nueva cúpula de Aerolíneas Argentinas lo señalaba con impotencia en  off: “con estos paros intempestivos, destruyeron en pocas horas toda la confianza que habíamos logrado reconstruir durante 9 meses en materia de puntualidad de nuestros vuelos”.

Pero si ponemos el ojo en el transporte terrestre, la cosa no está nada mejor. Ya se mencionó anteriormente en ésta columna, que la corporación gremial contribuye alegremente a ser parte del problema. Concretamente, el país entero y su producción se convirtieron en un virtual rehén del sindicato de camioneros y en los últimos tiempos también del gremio petrolero, aquel que produce el fluido que alimenta a los camiones. Parte de esto explica por qué no hemos podido aprovechar la época de bajos precios del petróleo internacional. Si a esto le sumamos una infraestructura vial destruida, obras incompletas fruto de la corrupción e ineficiencia, y el arrasamiento de los ferrocarriles en la era menemista, el combo luce devastador.

En materia de salarios, otros sectores con menor poder de negociación no tienen tanta suerte. La mayoría de los mismos, perdieron este año frente a la inflación, pérdida que se nota en la baja del poder adquisitivo de la gente, que se explica en la caída del consumo. Parte de esto se tradujo en una recesión que los analistas más optimistas afirman que estaría finalizando.

A esta caída del poder adquisitivo, algunos sueldos debieron sumarle el impuesto a las ganancias. Este impuesto que, a principios de siglo sólo abonaban los sectores de más alto salario, se popularizó a punto tal de ser tributado por una gran parte de los trabajadores. Dinero que se pierde en el éter estatal, y no se aprovecha canalizándose hacia el consumo o el ahorro.
Ni hablar de los máximos perdedores en esta puja: los monotributistas y autónomos, aquellos que al no disponer de representación sindical de peso, son el último orejón del tarro a la hora de aumentarles las escalas, y financian con su carga fiscal las conquistas de los sindicalizados.
La pregunta que surge aquí es quién le pondrá el cascabel al gato en materia de gasto estatal y reducción de impuestos. Primero porque el déficit fiscal que canta el presupuesto del nuevo gobierno para el año que viene, no disminuye sino que aumenta en un 1% del producto, lo cual quita margen para achicar impuestos. Parece que el ajuste fue solo monetario y cambiario, pero no fiscal. Aquí se nota que la apuesta del gobierno es que las inversiones atraídas generen el crecimiento que aumente la recaudación y licúe el déficit.

Y por otro lado, aparecen las siempre deficitarias provincias. Un observador distraído se sorprendería al contemplar la mansedumbre de los gobernadores peronistas hacia el oficialismo nacional, mientras la CGT anunció que realizará su primer paro por el incumplimiento en la eliminación del impuesto a las ganancias al salario. Pero la realidad indica que los impuestos a los trabajadores, tanto asalariados como autónomos y monotributistas, se coparticipan parcialmente, y dado el estado de las cuentas provinciales, ningún gobernador querrá ceder recaudación.

Y se llega al final de camino. Es precisamente aquí donde la hipocresía, demagogia, apetencias personales y clientelismo al que estamos acostumbrados, y que nos ha conducido a donde estamos, deberán dejarse de lado en pos de un gran pacto social por la productividad y el desarrollo. O nos veremos condenados a la constante recaída en la trampa del populismo.

Fuentehttp://www.diarioclave.com/economia-y-finanzas/2016/09/tiempo-desmantelar-la-estructura-estatal/ y CincoRuedas.com | El Diario del Inversor Bursátil

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